viernes, mayo 20, 2016

LA IZQUIERDA CHILENA: ¿QUÉ HACER?


Qué paso con las energías utópicas que se dieron cita en el campo de la renovación socialista durante los años 80’; qué infortunio acompaña a la «izquierda académica» en la actual coyuntura; ávida de indexación, fascinada por comportarse como vanguardia, estilosa y educada en Negri, Deleuze, Laclau, Derrida, Nancy, Pateman y Butler, pero fatídicamente incapaz de impulsar una discursividad que trasunte los circuitos cerrados de T.V cable y ajena a toda promesa emancipatoria (aunque las epopeyas terminaron en infiernos terrenales). De otro lado, la infranqueable izquierda estatal; Revolución Democrática y la Izquierda Ciudadana; el PC y la empleomanía burocrática de la política pública. La “izquierda cosista” migra hacia la periferia y  mira con desconfianza, a veces con desdén, los protocolos de la “izquierda académica” y viceversa en un espiral de sospechas que se traducen en un diálogo de sordos.Ambas izquierdas se demonizan, se querellan mutuamente. Y a ello se suma –tercer espacio- una “izquierda feudal”, cortesana y liberal, partera de la verdad hegemónica, aprisionada en la dirección de facultades, consultorías pomposas y centros de investigación (convenios, foros y conferencias, debidamente remuneradas). Este impase, algo catastrófico, impide adicionalmente la elaboración de un horizonte común, de contaminaciones con las agendas estratégicas de los gobiernos post-neoliberales. La variante “cosista” persevera factualmente, y queda librada a la “praxis”, pero es incompetente para  avanzar hacia una recomposición hegemónica que pueda alentar imaginarios alternativos y nuevas formas de acción colectiva. La “izquierda cosista” se pregunta fastidiosamente por la identidad: ¿Quiénes son nuestros  enemigos? Esta es la comedia bufa que hemos debido presenciar. Todo indica que un ejercicio de restitución supone una operación político-conceptual «tibiamente similar» a la escena de la «renovación socialista» de los años 80’ -al menos en la gestualidad-. Los años dorados de FLACSO (Móulian, Garretón, Lechner, Flisfisch) comprendían «espíritus vigorosos» abiertos al cambio de época sin ceder –de buenas a primeras o de cualquier manera- a un imaginario de transformación social. Hoy ante la travesía comunista –izquierda prosaica- resulta inviable una operación discursiva que permita restaurar un discurso de la diferencia, pues la prebenda, el exceso de asesorías y las ‘horas a contrata’ impiden, cual “vulgata”, la sola imaginación de una idea alternativa. La hegemonía neoliberal obra como una aplanadora y mantiene en ascuas cualquier proyecto que pueda restituir estratégicamente la “pasión igualitaria”. Hasta el 2014 era posible pensar –muy cándidamente- que el concubinato del relato transicional (concertación) experimentaría un desgarro respecto al dispositivo empresarial. Ante un eventual desgaste del maridaje establecido en los años 90’, Estado y Mercado, vino la prisa por presenciar una fase de desplazamiento y producción de relatos alternativos. Nada de eso ha ocurrido en el plano de las discusiones programáticas, si bien abundan los estímulos de la reforma, y el bullicio de la hechología, ello sólo representa un gradualismo del cual no hay mucho que esperar. A la luz de la más básica constatación los relatos de la elite progresista siguen pauteando el debate; Martner, Solari y Escalona defienden la obra transicional y aleccionan a los pupilos rebeldes que cada tanto deben recordar el sermón transicional.
Qué intelección privilegiada hay en la cultura política del socialismo chileno –«Partido del orden»- que el debate político-conceptual sigue estando tramado (cual rehén) desde el discurso transicional, por una ‘mística’ que aunque cedió posiciones a la boutique de los bienes y servicios, aun es capaz de movilizar una discursividad que termina opacando los ambientes movimientistas, y dejando en un lugar periférico-alternativo a los discursos de la «disidencia». El «cosismo aggiornado» se autoproclama de izquierdas, invoca a determinadas organizaciones para avanzar más allá del testimonio, trata de promover declaraciones basistas, pero ese esfuerzo  es insuficiente para alterar las hegemonías liberales que informan el relato modernizador. ¿Quizás este fue el paradero final de la renovación de Arrate? Pero es sorprendente el sentido común de una izquierda que desde la facticidad, desde la recreación barrial y la consulta popular, dice estar librando una “guerra de posiciones” en pleno desarrollo de la modernización de los años 80’. Después de la «renovación socialista», de su esfuerzo por conciliar democracia y socialismo -y no así democracia y mercado- no existe recambio generacional y difícilmente se cumplirá este propósito en el corto plazo. La renovación socialista dejo un “lugar vacío” y no hay contenidos estratégicos que permitan articular un nuevo texto, menos en el marco de un “dualismo travieso”. La agenda de la presuntuosa  “izquierda académica” -y su preciado agnosticismo metafísico- comprende un expediente arqueológico de larga duración en medio del giro conservador del mapa universitario. Por otro lado, y como era de esperar, el elenco partidario está secuestrado por el control estatal, por las dinámicas de gobernabilidad –so pena de la denuncia al holding, de la queja por la colusión, del malestar con la modernización, etc.
Este es el gris panorama que cabe describir y la difícil rearticulación política en el corto plazo. Para infortunio de la izquierda, no hay roces decisivos entre campo académico y campo político, no hay significantes relevantes que permitan establecer una línea divisoria anti-establishment, todo ello va configurando un estado de melancolía, de activismo culposo. De momento, el concubinato concertación/empresariado, pese a todo y contra todo, se mantiene ‘estable’. Y nuevamente son nuestras élites las que sancionan las coordenadas estratégicas del diálogo público. La propia bancada de dirigentes estudiantiles es un proyecto que, a la luz de un diagnóstico descarnado, no tiene mayor espacio de penetración que un puñado de mociones minimalistas -sin alterar el régimen hegemónico-. Es la cruda realidad de una izquierda fratricida que se ha comportado a la “altura de su verdad”: el problema de la izquierda es la propia izquierda. Y en medio de este paisaje gris, desde una mera constatación, debemos esperar la llegada del segundo periodo de Sebastián Piñera. ¡Resignaos¡
Mauro  Salazar.

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