sábado, marzo 08, 2014

VENEZUELA: FORTUNA ENTERRADA.

Viendo las imágenes transmitidas desde Caracas, uno recuerda la frase del Ministro de Minas e Hidrocarburos venezolano durante el gobierno de Betancourt, Juan Pablo Pérez Alfonso: “Dentro de diez años, dentro de veinte años, lo verán: el petróleo nos traerá la ruina… El petróleo es el excremento del diablo”.
Como todo país que depende casi exclusivamente del petróleo, la fortuna política del país depende de la fortuna negra que está enterrada. La crisis actual, si bien tiene que ver con divisiones políticas de largo aliento y de mal manejo económico, tienen sus orígenes en el petróleo, el mismo que ha llevado al país a gozar de altos muy altos y bajos, muy bajos.
George Philip, académico de la London School of Economics, ha estudiado la relación entre el petróleo y la política venezolana desde la década de los 70. Hoy el problema, según Philip, no es el precio del petróleo, sino su producción. A pesar del elevado precio internacional de su producción, no entra una cantidad suficiente de dólares porque Venezuela hoy fabrica más o menos lo mismo que produjo hace unos 50 años, 2,5 millones de barriles diarios, mientras que la población ha crecido.
Corregir los masivos desequilibrios macroeconómicos parece casi imposible. Incluso si el régimen bolivariano estuviera dispuesto a modernizar la gestión de Petróleos de Venezuela (PDVSA), volver a enfatizar consideraciones económicas y no políticas demoraría años (después de la huelga en 2002-2003, Chávez despidió unos 20.000 trabajadores de la industria petrolera). Aunque Caracas decidiera aumentar la producción, ésta está limitada por las cuotas (auto) impuestas por la Organización de Países Exportadores de Petróleo, restricciones que el mismo Hugo Chávez apoyó a comienzos de su gobierno.
Con la producción aumentando en países como Rusia y los EE.UU., que no pertenecen al cartel petrolero, sumado al fin del super-ciclo en los precios de los commodities, Venezuela pronto enfrentará una tormenta perfecta de precios más bajos y niveles de producción nacional que no se recuperan. Sin aumentar la exportación, con tasas de interés reales negativas, la inflación por los cielos, con una liquidez sostenida puramente por el Banco Central, la moneda devaluada y con la confianza de los mercados en el piso, es difícil ver de dónde Venezuela sacará los dólares necesarios para importar los productos que los ciudadanos (ricos y pobres) usan diariamente.
Si bien el pronóstico económico es cada vez peor, cuesta ver cómo las manifestaciones actuales podrían llevar a una solución razonable,  tanto a las cuestiones económicas como políticas.
A Maduro, cuyo gobierno ha estado marcado por debilidad, devaluación y delincuencia, le ha costado consolidarse dentro de su propio mundo político. Pero enfrentado con una amenaza desde la calle, el chavismo no lo dejará solo. Por ahora. La pregunta es si un Maduro sobreviviente aprovechará esta oportunidad para tomar en cuenta las demandas sociales y hacer las correcciones necesarias, o si usará la situación actual para consolidar a la fuerza lo que ha sido hasta el momento, un liderazgo bastante débil. Las señales no son alentadoras.
La deteriorada situación política y económica en Venezuela ha llevado a muchos observadores internos y externos a opinar sobre los responsables, los orígenes históricos y las posibles soluciones de los problemas que aquejan al país. Mientras en Chile algunos sostienen que la prensa internacional lidera una campaña empeñada en “la manipulación de imágenes e información para propiciar un clima favorable a la intervención”, Maduro ha culpado a la ‘burguesía parasítica’, a los EEUU, e incluso al Hombre Araña por ser “una fábrica de antivalores” que impulsan la violencia entre los jóvenes.
Buscar chivos expiatorios no es, en sí, una medida anti-democrática. Pero en una democracia sana, debiera quedar en evidencia quienes son los responsables por las malas decisiones. Para eso es necesario contar con una prensa libre, un poder judicial independiente, líderes de oposición que no son amenazados (ni mucho menos detenidos).  En el fondo, lo que se requiere son (por lo menos algunas de) las características de lo que el recién fallecido cientista político Robert Dahl llamaba poliarquía. Dahl murió a los 98 años, pero Venezuela demuestra que se fue demasiado pronto.
Robert Funk.

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