miércoles, junio 29, 2016

SANTOS: PAZ CON ESCOPETA.


Todo parece indicar que para el presidente Juan Manuel Santos la paz es una obsesión. El costo para alcanzarla le es irrelevante y demuestra estar dispuesto a hacer las concesiones que sean necesarias para firmar unos acuerdos que tienen grandes posibilidades de generar en Colombia un conflicto de mayores proporciones que el padecido por décadas. El mandatario afirma que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) se están preparando para una nueva guerra mientras conversan de paz en la capital cubana. Advierte que el conflicto sería particularmente urbano, lo que tendría graves repercusiones para el país; declaraciones que evidencian que el Presidente está jugando al miedo, a la intimidación del mismo pueblo que lo ha elegido en dos ocasiones.
Santos pretende que la población respalde unos convenios que compensan generosamente a las FARC, sin que considere los perjuicios que podrían derivarse de la legitimación de terroristas que sólo creen en la violencia. El mandatario intenta generar pánico cuando advierte al pueblo que, de no suscribirse los acuerdos con el grupo terrorista, el país sería asolado por una especie de Armagedón que transformaría a los ciudadanos en cenizas. Inconcebiblemente, la visión apocalíptica de Santos no está dirigida a la narcoguerrilla, sino al pueblo que como presidente debe proteger. Su deber no es intimidar a los ciudadanos, sino advertirles a las FARC que tendrán que enfrentar todo el poder del Estado si no aceptan un acuerdo que los obligue a actuar conforme a la ley.
El presidente Santos tal parece que está dispuesto a confrontar a quienes demandan una paz justa y conceder a los terroristas todos los beneficios que demandan, por lo que las víctimas de la violencia de la narcoguerrilla podrían afirmar sin la más mínima duda que el crimen sí paga. El alto mando de las FARC está consciente de que su capacidad militar se ha reducido sustancialmente. El poco apoyo que contó en algunos sectores de la sociedad colombiana está en su nivel más bajo y el irracional respaldo que disfrutó de parte de ciertas corrientes políticas internacionales, incluidos gobiernos y varias ONG, es prácticamente nulo.
Las FARC están sentadas en la mesa de negociaciones por necesidad, no por convicción. Para ellos, la firma de los acuerdos no es más que un armisticio, una tregua a romper cuando no sean satisfechas algunas de sus demandas. Tampoco se puede obviar que el mando de las FARC no es monolítico. Nunca han faltado disensiones y conflictos entre estos sediciosos. Los señores de la guerra no gustan del trabajo, la violencia es para estos individuos un medio de vida que rinde altos dividendos.
Si se fuera a seleccionar una entidad prototipo del crimen organizado, las FARC obtendrían esa penosa distinción, porque tienen gran experiencia en secuestros, asesinatos, reclutamientos de menores, narcotráfico, colocación de minas antipersonas y prácticas terroristas. Hasta ahora los puntos acordados sólo benefician a los insurgentes. Individuos con antecedentes criminales y reclamados por la Justicia podrán participar en política. Más una reforma agraria que legaliza los latifundios que controlan los jerarcas de las FARC; narcotraficantes a cargo de erradicar la producción de estupefacientes; el desmonte de minas antipersonales puestas por la propia guerrilla en zonas escolares; una Justicia transicional que beneficiará a los delincuentes.
Quedan pendientes la entrega de armas y la ubicación de los desmovilizados, sobre lo que Iván Márquez, uno de los jefes del clan, dijo que no había garantías para la dejación de las armas ni tampoco para concentrarse cuando se desmovilicen y entren a la vida política legal; con estos truenos es difícil creer en la paz de Santos. Las narcoguerrillas cuentan con vastos recursos económicos. The Economist afirma que las FARC tienen una fortuna superior a los diez mil millones de dólares y sería muy ingenuo pensar que si algún día acordaran entregar las armas, no conservarían arsenales suficientes para iniciar un proceso de desestabilización.
Por otra parte, la afirmación del presidente Santos de que, cuando se suscriba la paz, el grupo terrorista va a desaparecer obliga a evocar al premier británico Neville Chamberlain, cuando concibió la fantasía de que los acuerdos de Munich compensarían a Adolf Hitler y que este no demandaría más territorios.

Pedro Corzo. (Infobae).
El autor es periodista cubano. Vivió en Venezuela por doce años. Preside ahora el Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo.

2 comentarios:

Blogger Rolando el furioso ha dicho...

O sea que Santos se rindió, sin siquiera ganar nada realmente importante para los colombianos de a pie, sólo por una amenaza.

4:15 p. m.  
Blogger Rolando el furioso ha dicho...

Curioso que el único que sonrie en la foto es el jefe de la FARC.
Pronto estarán libres para seguir haciendo de las suyas.

10:03 a. m.  

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