domingo, febrero 12, 2017

LA IZQUIERDA A LA DERIVA.



Pareciera que la izquierda chilena todavía no se hace cargo del lastimoso estado en que se encuentra  después de tres años de gobierno de la Presidenta Bachelet. Sus principales banderas de lucha -la desigualdad y la falta de legitimidad de las instituciones- están desgastadas. Carece de liderazgos claros. Está desanimada, aparte de dividida. El gran temor de La Moneda, en orden a que surgiera otra izquierda a la zurda de la Nueva Mayoría, ya es un hecho. Tampoco el sector tiene un diagnóstico certero de su fracaso. No solo eso: ni siquiera ha tomado nota del portazo que recibió de la ciudadanía en la última elección municipal.
Sin embargo, cuando uno escucha a sus dirigentes y precandidatos -el Presidente Lagos, el ex ministro Insulza, el senador Alejandro Guillier- pareciera que la izquierda sigue creyendo que el actual escenario político es el mismo del 2013, cuando el país venía creciendo a tasas superiores al 4% anual, cuando la economía había creado un millón de nuevos empleos, cuando el Fisco aún tenía holguras y cuando Chile estaba dando pasos importante en todos los indicadores de desarrollo e integración social.
Pasaron solo tres años y el actual panorama parece ser el de otro país. La reforma tributaria cumplió con el propósito de proveer mayores recursos al Estado, pero frenó completamente la inversión. Lo que se dijo que no iba a pasar ocurrió: la economía está paralizada. Está claro que la reforma laboral que se aprobó no va a facilitar la expansión de la fuerza de trabajo ni tampoco va a dejar a la estructura productiva en mejores condiciones para responder a los desafíos de productividad e innovación que el país tiene pendientes. La reforma educacional del ministro Eyzaguirre y Revolución Democrática se tradujo en un inmenso operativo inmobiliario y contable que, tras haber consumido gran cantidad de recursos, dejó a los colegios subvencionados donde mismo y a los públicos en una posición todavía más desmedrada y menos competitiva que antes. A pesar del gasto, la educación sigue siendo mala. El país está embarcado en un costoso programa de gratuidad para la educación superior que seguirá consumiendo muchos recursos por varios años antes de estabilizarse, y eso significa que el país tendrá que seguir postergando a los que más apoyo necesitan -los niños que no tienen educación preescolar o que van a malas escuelas- en favor de quienes tuvieron la suerte de llegar más lejos y no siempre pertenecen a los estratos más vulnerables.
Si a lo anterior se agregan las incógnitas que plantea el proceso constituyente abierto por el gobierno -cumplidas ya dos etapas, con bajísima convocatoria, de la hoja de ruta establecida-, lo que se obtiene es un cuadro que ya era malo, y ahora podría volverse incluso más deprimente.
En este contexto, la izquierda, que debería estar dando explicaciones, sigue tratando de dar con las huidizas causas del malestar que observa en la sociedad chilena. Es su obsesión y salta de una hipótesis a otra con destreza de trapecista. Da por descontado que fenómenos tales como la abstención electoral, el desprestigio de los partidos políticos, el aumento de la conflictividad social o el cuestionamiento de las elites dirigentes son parte de una misma cadena tóxica que hay que romper y presume que no bien el país apruebe esta o aquella reforma, o se dé una nueva Constitución -no importa lo que diga-, el malestar se va a transformar en bienestar como por arte magia. Obviamente, es un despropósito. En el voluntarismo envuelto en estas percepciones no sólo hay candor, sino también pertinacia. Lo que la izquierda no toma en cuenta es que todos los procesos modernizadores conllevan de suyo decepciones y desacomodos, conflictos y malestares. Nada es simple, lineal y ecuménicamente exitoso cuando las sociedades crecen. El desarrollo deja con frecuencia heridos en el camino, y lo que corresponde hacer no es detener la modernización -tampoco refundar el país desde cero, como lo quiso hacer esta administración-, sino operar en los márgenes para acompañar y aliviar las tensiones o cargas que las nuevas circunstancias van imponiendo a los grupos más débiles o más afectados. La desafección, el malestar, la sensación de soledad y ruptura -debiéramos haberlo aprendido- es parte del paisaje contemporáneo. Eso no significa que sean manifestaciones irrelevantes o que haya que desatender; significa solo que es completamente ilusorio pretender disiparlas a punta de reformas o de una nueva Constitución.
Héctor Soto. (Periodista).

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