miércoles, marzo 01, 2017

IGUALITARIOS, PERO TAN MILLONARIOS.


“Si eres tan igualitario, ¿por qué vas por la vida siendo tan rico?”, es la pregunta que se hace críticamente el filósofo político Gerald Allan Cohen en su libro “If You’re an Egalitarian, How Come You’re so Rich?”. Y esa es la duda que habría que plantearle a Guillermo Teillier y otros tantos como él, quienes promueven una ideología que aspiran a la igualdad absoluta, para que la aplique el Estado, por cierto, pero que no parecen capaces de llevar a la práctica en su vida diaria, pues a la primera oportunidad se embarcan en viajes a Europa en primera clase, “igualándose” con esa minúscula proporción de ricachones a la que tanto critican.
Mucho peor, en el caso de Teillier, es que todos sino la mayor parte de sus ingresos son sufragados por millones de chilenos, quienes, con mucho esfuerzo, apenas están llegando a fin de mes, precisamente por las reformas “igualitarias” de Teillier y otros tantos “servidores públicos” de la Nueva Mayoría, igualitarios como él, quienes han estancado la economía hasta casi detenerla, todo con tal de sacar adelante esa causa tan noble, cual es la de eliminar la inequidad.
Cabe consignar que Cohen no era un asqueroso fascista. Todo lo contrario, era un académico británico-canadiense criado en una familia marxista y practicante durante gran parte de su vida de la misma ideología que Teillier. Y precisamente porque Cohen propugnaba una doctrina que, en la teoría, al menos, aspiraba a eliminar todos los privilegios de los más pudientes, es que este filósofo empezó a sentirse cada vez más avergonzado cuando lo invitaban a participar en círculos académicos y coloquios muy exquisitos, abarrotados de otros igualitarios como él,  donde corría la champaña y el caviar a destajo en elegantísimos hoteles cinco estrellas, para debatir sobre la explotación del proletariado y la lucha de clases.
Lo que Cohen se pregunta críticamente en su libro es por qué tantos igualitarios consideran que las acciones y las políticas igualitarias deberían ser emprendidas exclusivamente por el Estado y por qué ellos mismos no reparten entre los más desfavorecidos el dinero que prefieren gastar en sus viajes, sus segundas viviendas en balnearios exclusivos y sus vehículos de alta gama.
Una respuesta muy sencilla, expuesta por el mismo Cohen, es que para una gran masa de igualitarios resulta más conveniente endosarle la promoción y la puesta en práctica de la igualdad a la sociedad en su conjunto, en vez de exigirlas a las personas en general y a los igualitarios en particular. ¿De que serviría distribuir la riqueza personal, haciendo un esfuerzo similar al de lanzar una lágrima en el océano, si al mismo tiempo los principios igualitarios no se imponen como reglas a toda la estructura social? Lo que cabría esperar, según esa posición que Cohen descalifica, es que sea el Gobierno el que, a través de reformas tributarias o cambios legales en la estructura de la propiedad, eleve el estándar de vida de los menos privilegiados sin preocuparse del comportamiento individual. Después de todo, serían esas nuevas leyes las que impondrían la justicia a las conductas personales.
Pero Cohen rechaza esa posición porque, según él, quienes aspiran a vivir en una sociedad más justa deberían optar por vivir y practicar personalmente un ethos, un carácter o comportamiento justo. “Los igualitarios no pueden decir que la igualdad no es un objetivo que las personas deban poner en práctica en sus propias vidas, en cualquier tipo de sociedad, justa o injusta”, escribe Cohen, “y no pueden decir, por lo tanto, que la igualdad no es un objetivo que ellos, particularmente, deban cumplir con sus propias vidas en una sociedad injusta”.
Es cierto que el asunto es bastante más complejo y es por eso que Cohen dedica un libro completo a exponer las razones de los igualitarios ricos para justificar sus lujos y placeres, y es evidente que alguna “incoherencia” al respecto resulta irreprochable. Poco se le podría criticar, por ejemplo, a quienes aspiran a imponer “otro modelo” en Chile pero envían a sus hijos a los colegios más caros, se atienden en clínicas del sector oriente y dan clase en universidades privadas, algunas de ellas sobre la cota mil. De algo tienen que vivir y si el sistema público de educación y de salud da pena, no se les puede exigir que sacrifiquen a sus propios hijos enviándolos a las escuelas, universidades y hospitales que sí pueden quedar para “otros”.
Lo que sí parece indefendible es que algunos de esos mismos políticos y dirigentes se llenen la boca criticando los excesos, los derroches y los abusos de “los poderosos de siempre”, al tiempo que gastan la plata que viene del bolsillo de todos los chilenos para darse gustos y placeres que casi nadie es capaz de pagar de su propio bolsillo. Salvo ellos. Y ese otro puñado de capitalistas ricachones a los que tanto critican por lucrar vilmente y acumular un dinero sucio.
Ricardo Leiva.

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Hay que joderse con estos fabianistas masoniles estafadores sociales y politicos posmodernos!!!

2:05 p. m.  

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