jueves, mayo 14, 2015

BACHELET SIN BACHELETISMO.


Ciento ocho horas de expectación. Lunes en la mañana, frío, las calles a oscuras. No hay glamour ni barrocas puestas en escena. El ambiente no es de triunfo, el trago es demasiado amargo y hay que pasarlo rápido. Se anuncia el cambio. Los ministros, entrantes y salientes, casi no hablaron, si no fuera para dar las gracias, decir que iban a trabajar u operarse de una buena vez de la retroexcavadora. Ese fue el ambiente que se respiraba en la mañana en que Bachelet volvió a girar contra sí misma. Como en un deja vú, la Presidenta nuevamente amordaza y enclaustra al bacheletismo.
Primero fue el gobierno ciudadano, de la paridad de género, de los que se servían el plato por vez primera. Ahora se trataba del gobierno de las reformas estructurales, de un nuevo avanzar sin transar, maximalista, el primero de la Nueva Mayoría. Uno y otro querían sortear la política: aquél, por abajo, persiguiendo una conexión directa con la gente sin intermediarios, en una evolución del lavinismo hacia la izquierda; el de ahora, por arriba, destituyendo a la política de su autonomía propia, anegándola en una fraseología moralista, de modo que se estaba con el programa o se era anatema, se adhería a la retroexcavadora o a la elite satisfecha.
Rodrigo, Alberto y Álvaro eran los hombres fuertes de la campaña, respiraban “nuevomayorismo” puro. Peñailillo eraMichelle, Arenas fue el hagiógrafo del sacrosanto programa, Elizalde emergió como el nuevo hombre bacheletista rescatado de las intestinas guerrillas del PS. Los tres contribuyeron a armar el flamante gabinete de la electa Presidenta, y llegaron a ser la expresión del más ortodoxo bacheletismo, ese que aniquiló la política como arte autónoma, escogiendo el lenguaje de los dioses y un presente redentor: no existía historia de la que aprender, proceso que continuar ni pasado al que mirar, había llegado la era de la Nueva Mayoría, de Michelle y su programa.
Pero como entonces, el gobierno de izquierda se encontró con un obstáculo, el país. Ayer fueron los secundarios y los usuarios de transporte público los que terminaron de hundir al gobierno “distinto”: fuera los que se servían su primer plato y las bacheletistas, dijeron, vuelvan los bien alimentados y concertacionistas, acabaron por decir. Ahora el problema era más complejo, porque tanto el país como la opinión pública tenían sus propios créditos por cobrar al bacheletismo.
La gente no estuvo dispuesta a que la materialización de la redención prometida por ésta izquierda exigiera sacrificar en su altar la educación subvencionada. Tampoco terminó de aceptar que la reforma tributaria prometida para repartir mejor la riqueza, viniera en realidad a distribuir más igualitariamente la pobreza. Lo de Caval fue el culmen: el combate a la desigualdad del antejardín para afuera, las ofrendas a los ídolos, sí, pero no en el templo de la madre del programa. La ciudadanía no estuvo dispuesta a transigir y acabó por cobrar: 29% de aprobación a la otrora popular Mandataria.
La opinión pública, por su parte, sumó a las acreencias las boletas de SQM. Las asesorías verbales, la cuestión de Ucrania y el litio, las vicisitudes de la economía de bienestar, entre otras, fueron perfectos indicadores de que los informes no eran sinceros. Todo el mundo veía que el asunto tenía cabeza, cuerpo, patas y cola de financiamiento irregular a la política, salvo el ministro Peñailillo, que dio el asunto por “aclarado”  sólo 24 horas antes de que se le pidiera la renuncia. La permanencia del otrora consiglieri de Bachelet, y probablemente también de Arenas, era insoportable con un apoyo ciudadano al Gobierno tan bajo.
Ni entonces ni ahora tenemos una Presidenta que haya cambiado de opinión, que ayer recobrara el gusto por la política, o que hoy considere que ésta es mejor hacerla a nivel de suelo que en templos, entre ídolos, programas y sacrificios. Michelle es bacheletista, pero el país no. Y como éste último no puede liberarse de la Mandataria, más vale darle salida al bacheletismo. Aunque duela, aunque la contraríe. Pragmatismo o sentido de supervivencia, da igual. Bachelet nuevamente  y en buena hora ha tenido que rendirse a la política, ojalá, ahora sí, en forma definitiva.

Jorge Baraona Correa 
Abogado.

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