domingo, mayo 21, 2017

¿CUÁNTA DESCARGA DE INMUNDICIA RESISTE UN PAÍS?



¿Cuánta descarga de odios, descalificaciones, insultos y ataques, en una palabra, de inmundicia, resiste un país antes de hundirse en una crisis profunda y sostenida? Me hago esta pregunta recorriendo la apacible ciudad italiana de Asís, tras conversar con chilenos cosmopolitas que siguen con azoro, desasosiego y temor, al igual que muchos otros compatriotas, el debate político de Chile.

En este año de elecciones, casi no escuchamos ya de los políticos planteamientos sobre cómo piensan superar el estancamiento económico, la mediocridad en la gestión pública o la polarización en que estamos empantanados. En lugar de anunciar cómo afrontarían estos asuntos, algunos presidenciables se especializan en denostar a los adversarios y eludir los desafíos nacionales, contribuyendo aun más al desprestigio de la política y a la polarización de la ciudadanía.

La voz cantante en el emponzoñamiento del clima la llevan figuras de partidos y parlamentarios, es decir, personas que viven, y muy bien, de los contribuyentes. Día a día, invariablemente, entrevista tras entrevista, algunos van dosificando su veneno contra rivales a los que consideran enemigos, sin darse cuenta de que la inmundicia que reparten cae al final sobre la política y ellos mismos. Presenciamos en el país una campaña sucia inédita, cuyos límites aún no vemos, una campaña dotada hasta de tonton macoutes verbales, lo que no presagia nada bueno.

Urge que la clase política recapacite y ponga paños fríos a los arrebatos y al deplorable espectáculo que está brindando. No puede seguir el "todo vale". Los políticos deben saber que cargan con una pesada historia, de la que no pueden desentenderse: fue la ineptitud de nuestra clase política para brindar un cauce regular a sus profundas diferencias, la que arrastró al país al 11 de septiembre de 1973. Enfrentada a un desprestigio sin parangón y a una etapa álgida, esa clase debe demostrar que aprendió de los errores y dolores de Chile, y no olvidar que sirve de modelo a la forma en que la sociedad debate políticamente.

Es entre los políticos donde surgió este clima que ha terminado contagiando a muchos. Son ellos los responsables iniciales y los llamados en primera instancia a contribuir con el ejemplo a elevar el tenor de los debates. No es casual el odio y las descalificaciones que nutren la discusión (si se la puede llamar así) sobre política chilena en las redes sociales. Desde el anonimato son usuales descalificaciones extremas. En este clima encabritado tampoco es casual que surjan agresiones a presidenciables, como ocurrió a Felipe Kast, quien fue atacado por delincuentes. Es probable que estas acciones aumenten, lo que perjudicará a la misma clase política.

Chile fue por años un país donde hasta sus presidentes podían pasearse por las calles, ir a un restaurante y asistir a actos públicos sin correr el peligro de ser insultados ni agredidos. Uno puede entender la ira ciudadana hacia políticos que muestran una brecha gigante entre lo que predican y el modo en que viven, o hacia quienes azuzan los ánimos contra sectores sociales, pero nada justifica la agresión verbal ni física contra ellos. La democracia se mata primero con palabras, luego con hechos. Por ello, la clase política tiene innegable responsabilidad en el deterioro de la convivencia y la erosión de la textura cívica del país.

No afirmo que la práctica de desacreditar al adversario conduzca necesariamente a una tragedia, pero sí que a Chile le tomará años desmontar este clima, atemperar los ánimos, apaciguar los odios, desandar lo andado, aprender a debatir y a encontrar los espacios para el entendimiento, el consenso y el reencuentro nacional. Dividir a un país no cuesta tanto, basta un populista dispuesto a incendiar la pradera. Pero recuperar la unidad nacional, cultivar la tolerancia y elaborar un sueño común, que inspire y fortalezca a Chile, tarda años, cuando no decenios. Si continúa prosperando este odioso clima político, se estará pavimentando la vía hacia un Chile más escéptico, y tal vez más intolerante y monologante.

Los políticos, que se hallan en la cúspide de la desaprobación ciudadana, deben recapacitar y comenzar a debatir mostrando mínima solidez, conocimiento de causa y altura de miras y, lo más importante, consideración y respeto hacia la ciudadanía. El espectáculo que vienen ofreciendo a través de los medios es a menudo chabacano, bochornoso e irritante, de efecto dañino para la cultura democrática y nocivo para el alma de Chile. 

Roberto Ampuero.

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