sábado, noviembre 19, 2016

CAMBIO DE GABINETE QUE DEJA TODO TAL CUAL.


La Mandataria insiste en un diseño que sigue fiel a los lineamientos programáticos originales, a pesar de su evidente desgaste.

La Presidenta de la República llevó a cabo el sexto cambio de gabinete en lo que va de su mandato, que por su escaso alcance defraudó las expectativas de quienes esperaban una señal más contundente -considerando el profundo desgaste político que ha experimentado la Nueva Mayoría- y de los evidentes problemas de gestión en la agenda legislativa del gobierno. Se reafirma con ello la voluntad de la Mandataria de continuar apegada a un modelo encapsulado en las líneas originales del programa de gobierno -a estas alturas completamente superado por la realidad-, y que deja en suspenso la forma en que se enfrentará el último tercio que resta de esta administración.
Además de la singularidad de que la renuncia de la ministra del Trabajo fuese filtrada un día antes, sin esperar el anuncio oficial, y que la Mandataria comunicara a través de su cuenta de Twitter que haría un “ajuste” de gabinete, los cambios se limitaron a tres ministerios no estratégicos, forzados por el hecho de que sus respectivos titulares podrían buscar competir por un cupo en el Congreso. Es ciertamente llamativo que el gobierno haya llevado a cabo dos cambios de gabinete acotados, con menos de un mes de diferencia, y en ambos haya desaprovechado la oportunidad de enviar una señal clara de que hay un reconocimiento de los problemas que afectan al país y la voluntad de enmienda.
La contundente derrota electoral que sufrió la Nueva Mayoría en las recientes elecciones municipales -donde la épica refundacional experimentó un duro castigo-, y los evidentes problemas de coordinación entre La Moneda y sus partidos -al punto que los propios parlamentarios oficialistas estuvieron dispuestos a infligir un daño al gobierno, al rechazar la propuesta de reajuste al sector público- dejan en evidencia los problemas de gobernabilidad que enfrenta esta coalición y el vacío de liderazgo. Se hace obvio que frente a un cuadro de tal desgaste, el cambio de gabinete debió haberse aprovechado para realizar ajustes en profundidad, con el fin de revertir las expectativas, traer orden al interior del bloque y concentrarse en recuperar las bases del crecimiento, debilitado por la propia ola de reformas que ha impulsado el gobierno.
Pero al haber optado por realizar un cambio apenas marginal, sin tocar al equipo político -en particular Interior y Secretaría General de la Presidencia, reparticiones que han sido responsables de constantes tropiezos y descoordinaciones con sus partidos-, la Mandataria entregó la señal de que no parece tener la intención de enmendar el rumbo, desoyendo inexplicablemente las peticiones de su propia coalición -que ha hecho ver la necesidad de ajustes mayores- e ignorando las reiteradas señales de cambio que ha enviado la propia ciudadanía. El afán de mantener el rumbo actual, con un diseño más bien personalista, se refleja en que se optó por reforzar la presencia de figuras con las que la Mandataria siente fuerte afinidad y que probablemente no jugarán ningún rol de contrapeso.
Queda la sensación de que este gabinete carece de la fuerza política suficiente para afrontar exitosamente el último tercio que queda de gestión. En medio de este desvarío, cabe en todo caso resaltar la gestión del ministro de Hacienda, que optó por resistir las presiones del sector público para obtener un reajuste desmedido, en lo que también cabe valorar el respaldo que le entregó la propia Presidenta.
Editorial La Tercera.

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