miércoles, septiembre 14, 2016

LA RESPONSABILIDAD DE BACHELET.

Por desgracia, la Presidenta Bachelet pasaría a la historia -hasta el momento- con un muy mal registro, donde podemos destacar a lo menos cuatro cosas: el estancamiento del país, polarización social, un gobierno retro y un falso programa.

La campaña presidencial ya se encuentra desatada al interior de la coalición oficialista. El ex Presidente Ricardo Lagos anunció su interés por competir y rápidamente se sumaron a la carrera presidencial Isabel Allende, Alejandro Guillier y José Miguel Insulza, nombres que ya sonaban. También Ignacio Walker ha expresado su disponibilidad por participar en representación de la Democracia Cristiana. En la oposición, el liderazgo presidencial de Sebastián Piñera toma distancia superando por varios puntos a cualquier candidato oficialista, aunque hay otras figuras que han manifestado su disponibilidad para asumir el importante desafío.
Es evidente que la agenda política nacional estará dominada por los comicios municipales de octubre de este año y la elección presidencial de 2017. Del gobierno de Michelle Bachelet pocas personas quieren hablar: la ciudadanía desconfía de la Presidenta de la República y de su equipo; sus reformas son amplia y transversalmente rechazadas; hoy por hoy nos enteramos de que el sacrosanto programa de gobierno ni siquiera había sido leído por sus propios senadores, y ningún ministro del gabinete destaca lo suficiente -en términos positivos- como para liderar la próxima contienda electoral.
Sin duda, este es un panorama que nadie se esperaba cuando la Presidenta Bachelet asumió el mando de la nación en marzo de 2014 o cuando aterrizó en nuestro país desde Nueva York para asumir su candidatura presidencial el 2013.
Frente a esto, algunos simplemente dan por caducado al gobierno y ven fuera de juego a la Mandataria. No creo que esa sea la posición correcta. Todos conocemos la impresionante capacidad de la izquierda para renacer de las cenizas. Sin ir más lejos, en medio de la administración de Ricardo Lagos no pocos creían que iba a ser incapaz de concluir su mandato en medio de las denuncias de casos de corrupción y sobresueldos a figuras del gabinete, pero el ex gobernante terminó su período enamorando con altas cifras de aprobación ciudadana y, podríamos agregar, un respeto generalizado, que se ha ido horadando en los últimos años por las críticas sistemáticas de la izquierda más extrema contra su figura y significado político.
Por eso es importante pensar sobre cuál será el legado histórico de la Presidenta Bachelet. No basta con afirmar que “segundas partes nunca fueron buenas”, puesto que el cine se ha encargado de demostrar lo errada de esta frase, como bien lo saben los fanáticos de “El imperio contraataca” o “El Padrino”, aunque también el séptimo arte nos sirve de ejemplo para “segundas partes malas” (Rambo) e incluso para algunas secuelas “muy malas” (El Exorcista).
Por desgracia, la Presidenta Bachelet pasaría a la historia -hasta el momento- con un muy mal registro, donde podemos destacar a lo menos cuatro cosas:
  1. Estancamiento del país
La Presidenta se verá como la principal responsable de la paralización del progreso económico y social del país. A ello contribuyó especialmente la erosión de las perspectivas económicas y la disminución de los empleos y, como consecuencia, ha afectado la posibilidad de salir de la pobreza, de generar oportunidades y promover la movilidad social de los chilenos.
En la novela Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa –Premio Nobel de Literatura 2010- pone en boca de uno de sus personajes la interrogante sobre ¿cuándo se jodió el Perú? Es probable que en el caso que en el futuro nos veamos obligados a hacernos esta pregunta, parte de la respuesta la encontremos en estos “años inútiles” en que sorprendentemente fuimos capaces de frenar a la economía más dinámica y próspera de América Latina.
  1. Polarización Social
Ciertamente la administración Bachelet ha contribuido a la polarización de la nación. Desde el momento mismo en que afirmó que el principal problema del país era la desigualdad, la Presidenta ha fomentado o tolerado el ataque sistemático a diversos grupos del país, rompiendo la armonía social que toda República saludable requiere.
Los supuestamente más beneficiados fueron tratados como “poderosos de siempre”, en lo cual la odiosa campaña de la reforma tributaria es ejemplo elocuente; la clase media fue estigmatizada como arribista -porque elegiríamos colegio atendiendo al color del pelo de los alumnos-, o ignorante -solo nos dejaríamos llevar por los nombres en inglés de los establecimientos educacionales-. Por su parte, los más pobres fueron abandonados por políticas de corte “universal”, más obsesionados con financiar a los más ricos que apoyar debidamente a los más pobres, como muestra la educación superior gratuita para todos, que se privilegia frente a desafíos como mejorar las pensiones o terminar con los campamentos.
  1. Gobierno retro
Aun cuando en los discursos el gobierno y muchos de sus partidarios dicen querer alcanzar el grado de desarrollo e integración social del modelo finlandés, en los hechos prefirió un modelo estatista más parecido al modelo de Alemania Oriental, que la Presidenta públicamente declaró admirar. Cada medida de este gobierno ha tenido por finalidad aumentar la intervención del Estado, ya sea en la educación, en la salud o en la previsión social, y están impregnadas de una profunda desconfianza de la labor desarrolla por la iniciativa de las personas y sus agrupaciones.
  1. Falso programa
Por último, el gobierno será recordado por un programa que se vendió como una ilusión a la ciudadanía y que al poco andar se demostró falso. Se prometió gratuidad en educación superior y ésta solo fue para unos pocos -ahora sabemos que la injusta gratuidad universal solo podrá ser alcanzada el 2076-; se prometieron 60 hospitales y llevan construidos solamente dos; se afirmó que habría “más y mejores empleos” y hoy hay menos y son de peor calidad. Así suma y sigue.
En un país presidencialista como el nuestro, la tentación de culpar a los ministros para exonerar de responsabilidad al Jefe de Estado está siempre presente, pero durante este gobierno ha sido tan evidente que la responsabilidad recae en la primera mandataria que no es necesario realizar tal distinción. Nos gustaría que este no fuera el final de la historia y que se revirtieran muchas de las malas decisiones, aunque esto se ve cada día más difícil.

Julio Isamit, Coordinador General Republicanos.

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