miércoles, julio 20, 2016

IZQUIERDA Y CORRUPCIÓN.


LA CORRUPCIÓN en sus distintas formas y grados se ha ido convirtiendo en el mundo, en América Latina y en Chile en un problema político para la izquierda. Un problema político -no sólo moral- pues se ha transformado en el medio más eficiente para desalojarla del poder, frenar cambios estructurales, a la vez que neutralizar la política con aquello de “todos son iguales”. La desmoralización de las clases populares frente a lo político siempre es más una derrota para la izquierda que para la derecha, pues el abandono de la acción política consagra sin contrapesos el poder de lo fáctico.
Importa poco si quienes señalan con el dedo o encabezan las acciones de acoso y derribo carecen de la mínima autoridad moral para hacerlo, el tema es si encuentran en las conductas de la izquierda -algunas más cerca de la corrupción y otras de la picaresca- pruebas para sus acusaciones. Corromper al adversario es un camino para derrotarlo. Se dice que los temas de probidad afectan más a la izquierda que a la derecha (y a esta última, los relativos a la moral individual), cuestión que debe ser cierta por aquello de por donde predicas… pagas. Lo cierto que a diferencia de otras épocas hoy la corrupción es el principal talón de Aquiles de la izquierda.
En este sentido, es digno de reflexión el hecho de que luego del Golpe y de exhaustivas revisiones, la dictadura no haya podido levantar acusación alguna de corrupción hacia Allende y la Unidad Popular (UP). ¿Cuál puede haber sido la razón para que esa administración y esa generación de izquierdistas se comportaran de manera tan proba y honesta? Si descartamos alguna  excepcionalidad de ese grupo humano, habría que concluir que algo en las condiciones de socialización y formación política de la izquierda se modificó desde entonces hasta ahora.
Dos cambios podrían destacarse: la pérdida de espesor doctrinario de la política y lo que podríamos llamar una política sin partidarios. Existe un hilo que recorre el camino desde una política sin ideologías, luego sin ideas, que abraza el pragmatismo, y que finalmente se decanta en meros proyectos individuales o “carreras políticas. Desnuda la política de toda racionalización trascendente, da un poco lo mismo el cómo se obtenga y de dónde salga la plata. Otro tanto pasa con una política sin partidarios: puede ser que el valor de las campañas se haya incrementado, pero mucho más lo hace si se practica sin adherentes. Una política de izquierda que abandona el voluntariado y que debe contratar a quienes agitan sus banderas en una esquina o recurrir al acarreo de “militantes-fichas” en una elección, de seguro está creando las condiciones para el desaliento y la debacle moral de su proyecto.
En lugar de unas “clases de ética” para los militantes  o de apostar todo a medidas de “transparencia”, una política más doctrinaria y de adherentes puede resultar mucho más efectiva para detener y aislar las corruptelas y corrupciones en la izquierda, cerrando así su principal flanco de debilidad política actual.

Ernesto Águila.

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