sábado, junio 25, 2016

CARTA DE UN PROFESOR A SUS ALUMNOS.



Ayer les comenté con dolor y gran preocupación el acto de profanación del Cristo de la Iglesia de La Gratitud Nacional durante las protestas estudiantiles. Les trasmití mi pesar (ni siquiera como católico, sino como chileno) al ver las imágenes de cómo se destruía el Cristo crucificado. Algunos de ustedes reaccionaron airadamente. “¡Por qué tanto escándalo por la destrucción de una figura de yeso en unas maderas!”. Otros trataron de justificar dicha acción apelando al idealismo y la rabia contenida de estos jóvenes, a los cuales la sociedad les ha negado una serie de oportunidades. “Es su legítimo derecho a protestar” dijo uno de ustedes. El argumento de Gabriel fue más complejo: “son jóvenes que están en guerra contra el sistema. Una protesta es un acto de legítima defensa en contra de este sistema opresor. La destrucción de esa ‘figura’, no es más que el botín de guerra de los vencedores”.
Como a ustedes les consta, en nuestra aula siempre hay espacio para expresarse libremente dentro de los límites del respeto mutuo e incluso afecto por el que piensa diferente. Respeto vuestros argumentos aunque no los comparto, y a la vez me preocupan, pues revelan, si me permiten la expresión, una “falta de humanidad” y una dosis de odiosidad que no le hace bien al país. Pero mucho más me preocupa la indiferencia de más de la mitad del curso a los cuales la noticia pareció no importarles (muchos siguieron jugando con sus celulares, con cara de “lateados” esperando que se acabe la clase).
No los culpo del todo por vuestra indiferencia, el fracaso es nuestro, de los profesores (y padres) que no hemos sido capaces de transmitirles la importancia del diálogo, de la cultura del encuentro, de respetar los valores y creencias del otro, y más aún, de empatizar con el dolor del otro. Los profesores (y los padres) somos también responsables, quizá más que los organizadores o las autoridades que permiten estas manifestaciones. Estamos perdiendo no solo las más elementales normas de convivencia y amistad cívica, sino también la capacidad de asombro, y eso es muy peligroso.
No son las autoridades a través del uso de la fuerza de la ley (que para estos casos cada vez funciona peor) las que restituirán al país nuestra vocación al diálogo para resolver pacíficamente los problemas. Son ustedes los jóvenes, los que no permanecen indiferentes frente al dolor ajeno, frente a la injusticia o frente al vandalismo los llamados a construir un país reconciliado y en paz.
Queridos alumnos, que no les gane el odio ni la indiferencia. Esta última nos convierte en cómplices de los encapuchados, los mismos que el día de mañana pueden atentar contra tu hogar o tu vida, a nombre de la libertad, la justicia u otros “ideales”. Me asiste la convicción de que ustedes serán capaces de contagiar vuestros compañeros, el deseo de ser protagonistas en la construcción de un Chile reconciliado y respetuoso, y también serán capaces de recordarnos a nosotros sus profesores, la inmensa responsabilidad que tenemos de formar no solo buenos profesionales, sino también y sobre todo buenos ciudadanos.

Eugenio Yáñez
Profesor Universitario
Vocero Voces Católicas.

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