lunes, octubre 07, 2013

LA FALACIA DE LAS VIOLACIONES A LOS DD.HH.



¿En qué consiste, en último término, un hecho de aquellos que se denominan “violación de derechos humanos” (VDH)? Me parece que la respuesta más adecuada a esta pregunta es: un crimen, entendiendo por tal la definición de la Real Academia Española: “acción voluntaria de matar o herir gravemente a alguien”.
Pero, si ya existe una palabra para nombrar ese hecho, ¿por qué crear otra expresión?; ¿es que acaso existen crímenes que no sean VDH? Claro, por ejemplo, un marido celópata que mata a su esposa porque la sorprende conversando con el vecino; luego, los crímenes pasionales no son VDH. Entonces, ¿qué tipo de crimen es una VDH que la hace distinta de otros crímenes? Pensemos en un típico caso de VDH, por ejemplo, un homicidio cometido por un agente de la DINA en 1974 en contra de una persona opositora al gobierno de la época. En comparación con el crimen del marido engañado este otro es cometido por un agente del Estado en contra de una persona opositora al régimen. Pero, ¿por qué hacer una distinción entre ambos crímenes? ¿Es que acaso el marido no viola un derecho humano de la esposa cuando la mata? Así es, pero alguien contestará: “lo que ocurre es que el segundo crimen es, por su propia naturaleza, más grave”. Y contesto: “no es así”.
No es así porque la calificación moral de un hecho depende de tres factores: el objeto (el hecho material), el fin (la intención con que se actúa) y las circunstancias (condiciones externas al acto y que atenúan o agravan su calificación moral). Y bien puede ocurrir que en los casos mencionados, siendo de similar malicia el objeto (quitar la vida a otro ser humano), los otros dos factores concurran de modo que el segundo crimen resulte menos grave; por ejemplo: (1) la intención: en el crimen del agente de la DINA la intención no era matar sino provocar dolor a la  víctima con el fin de obtener información sobre un arsenal de armas a ser usadas en atentados, a diferencia del marido celoso cuyo fin es provocar expresamente la muerte de su esposa para satisfacer su afán de venganza; (2) las circunstancias: la infortunada esposa es asesinada por quien tenía el deber de amarla, honrarla y respetarla, en cambio en el segundo crimen la maldad se agrava por la indefensión de la víctima, pero también puede estar atenuada porque el agente actúe llevado por el rencor provocado de haber visto morir a un compañero en un enfrentamiento con amigos de la víctima.
Lo que me interesa demostrar es que la afirmación de que el segundo crimen, aquel que suele ser calificado como VDH, es más grave que el crimen pasional, no necesariamente es cierta: puede serlo dependiendo de las circunstancias y la intención. Sin embargo, el solo hecho de que sea etiquetado como VDH le da una connotación distinta, un a priori de que es “incomparablemente más grave” y que por lo tanto debe ser juzgado con otros parámetros, tanto en el ámbito moral como en el judicial.
Empero, ese “a priori” no tiene fundamento real porque, como he explicado, puede ocurrir que el crimen del marido celoso sea más inmoral que el crimen cometido por el agente de la DINA. En definitiva, es la noción de VDH la que no tiene fundamento real porque es una noción “ideológica” (inventada), construida por la izquierda para servir a sus intereses, de modo que se da la paradoja de que no todas las violaciones a los derechos humanos son VDH. La izquierda ha logrado instalar en el imaginario colectivo la noción de que las VDH son crímenes cometidos por agentes de Estado bajo regímenes de derecha (obviamente, esto último no se explicita porque sería impresentable y se perdería la posibilidad de capturar con ella a personas de derecha) en contra de personas de izquierda (preferentemente activistas) por motivaciones políticas. De esta forma un crimen cometido por un terrorista subversivo no es una VDH –aunque con él se viole uno, o varios, derechos humanos– ya que no fue cometido por un agente del Estado y la víctima no es una persona de izquierda.
Las VDH presentan además la característica de constituir crímenes tan abominables que conforman una categoría aparte, de modo de poder eximirlos de un conjunto de principios que son resultado de la evolución milenaria del derecho occidental: la amnistía, el indulto, la prescripción, la cosa juzgada, la irretroactividad de la ley penal (“no hay delito ni pena a menos que una ley los haya establecido con anterioridad”). De esta manera se entiende, por ejemplo, que hoy en Chile haya agentes del Estado presos por crímenes prescritos según la ley penal, además amnistiados, y ello en virtud de tratados internacionales suscritos por el Estado de Chile –y por lo tanto convertidos el ley– con posterioridad a la comisión de los hechos, a la vez que no existe ningún izquierdista preso por crímenes terroristas, pues aquellos que alguna vez fueron juzgados fueron después indultados y, si alguien intentara una querella criminal contra ellos, seguramente fracasaría por aplicación de la prescripción o la amnistía (si fue cometido durante el período comprendido por la ley de amnistía de 1978).
Una vez que logra instalar la categoría de VDH, la izquierda da un paso más: los crímenes cometidos por sus exponentes ni siquiera son tales: o a fuerza de no mencionarlos –debido a que el debate sobre el tema está saturado con los crímenes de la derecha, que sí son VDH– caen en el olvido, o son considerados “errores” producto del idealismo juvenil, o simplemente se justifican porque son expresión de la lucha por la justicia social. Es que la izquierda –que nunca se detiene– agrega otro paso al anterior: si un crimen no es VDH empieza a dejar de ser crimen. Y así las víctimas de los crímenes de la izquierda quedan en la indefensión. Es que de la idea de que “sólo las personas de izquierda pueden ser víctimas de VDH” a la noción de que “los de derecha no tienen derechos humanos” hay un paso muy corto, y ella queda instalada implícitamente una vez que la falacia de las VDH se ha consagrado.
La noción VDH ha adquirido tanta fuerza que hasta sus propios sostenedores están convencidos de su inexistente realidad. Ello permite entender tantas contradicciones y paradojas que violentan el sentido común, como las siguientes (discúlpeme si la lista resulta larga; si se aburre no hace falta que la lea completa; y si gusta puede extenderla: hay material de sobra):
  • Que los jueces de izquierda (la mayoría) no hayan tenido escrúpulos en dejar de aplicar los principios universales del derecho en juicios por VDH.
  • Que políticos de izquierda tampoco hayan tenido escrúpulos en conceder asilo en Chile a Erick Hoenecker y a su esposa e indultar a terroristas subversivos mientras impulsaban procesos en contra de agentes del Estado por delitos cometidos durante el período 1973-1990.
  • Que no se consideren VDH los encarcelamientos, torturas y asesinatos cometidos por el régimen de Fidel Castro (ni en general por las dictaduras de izquierda).
  • Que la ex presidenta Michelle Bachelet no haya tenido vergüenza en ir gozosa al encuentro de Fidel durante su visita a Cuba, mientras que por otro lado suele condenar crímenes cometidos por la “dictadura” (la de Pinochet, se entiende, porque para ella la de Castro no es tal); y que esa visita no obste a su popularidad entre la población chilena (envuelta en el embrujo de la falacia de las VDH), como tampoco el hecho de que haya sido pareja del líder del Frente Manuel Rodríguez en la época en que más crímenes cometió esa agrupación terrorista (“dos que son de un mismo colchón son de la misma opinión”, decía un tío).
  • Que el gobierno de la Unidad Popular no esté asociado a VDH en el imaginario colectivo, aunque estrictamente sí se violaron derechos humanos cuando se expropiaron fundos e industrias (sí, porque la propiedad también es un derecho, y además humano, como todos los derechos); cuando se quitaron vidas y ultrajaron mujeres en esas tomas (guardo testimonios); cuando agentes de ese gobierno cometieron torturas (como lo afirma el Acuerdo de la Cámara de Diputados del 22 de agosto de 1973)… Claro, no son considerados VDH porque el gobierno que promovió esos crímenes era de izquierda.
  • Que los políticos que participaron en el gobierno de las Fuerzas Armadas sean considerados “cómplices pasivos” de VDH y en cambio no se les atribuya esa calidad a políticos que apoyaron o trabajaron en el gobierno de la Unidad Popular; o que declararon a la sociedad chilena que iban a matar para llegar al poder y perpetuarse en él (PS); o haber liderado una agrupación política (MAPU) que repartió cartillas de lucha callejera instruyendo cómo herir al enemigo.
  • Que la peor de las violaciones a los derechos humanos no sea considerada una VDH: el aborto, cuya malicia es superior a cualquier otro crimen debido al grado de indefensión de la víctima y a que quienes lo cometen son precisamente las personas llamadas a protegerla: sus padres y los médicos (aunque otras circunstancias pueden atenuar la responsabilidad moral, especialmente de la madre).
  • La popularidad del guerrillero Ernesto “Che” Guevara, pues su trabajo por impulsar la lucha armada en los países latinoamericanos no sólo no tiene atisbo de VDH, sino ni siquiera carácter criminal. En consecuencia, no obsta a la popularidad de Víctor Jara haber compuesto una oda al Che con su “amor revolucionario”. Algo similar ocurre con Stalin y Neruda: el primero envió a la muerte a alrededor de 25 millones de personas y “hay que aprender de Stalin” dice la oda que le escribió el segundo.
  • En fin, así se explican tantas contradicciones, entre ellas que la izquierda pueda cometer infinitud de crímenes para lograr sus objetivos y quedar ante la opinión pública (más específicamente los periodistas, cuya superficialidad en el tratamiento del tema solo puede explicarse por maldad o simple estupidez) investida de una superioridad moral que no tiene asidero en la realidad.
    Lo que aún no logro entender… es la facilidad con que tantas personas de derecha (o que no son de izquierda) caen en el embrujo de la falacia de las VDH.
    Gastón Escudero.
    VivaChile.org

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