jueves, octubre 17, 2013

ENTRE LA NUEVA DERECHA Y LA NINGUNA DERECHA.



El tema de los 40 años del derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular ha sido visto por algunos como la oportunidad para que el mundo oficialista haga un cambio de “switch” hacia una “nueva derecha”. Eso los ha movido a formular declaraciones y realizar actos –incluso impidiendo que el tema salga de la preocupación pública, como pudo y debió suceder después del 11 de septiembre– que dejen de manifiesto que ellos sí abrazan la causa del respeto de los derechos humanos, pero no como una afirmación propia, sino que por la vía de descalificar y cuestionar moralmente a quienes colaboraron o simpatizaron con el gobierno militar, y en general a sectores más conservadores, plegándose a la interpretación sesgada del pasado que ha impuesto la Concertación.
Lo que parecen buscar es que la derecha les quede toda para ellos, por la vía de inhabilitar a los demás grupos que integran el sector para que desaparezcan políticamente. La competencia por quedarse con algo muchas veces es así y la política no es excepción. Pero la pregunta que cabe hacerse es si eso es lo que le conviene a la derecha como un todo, que ellos también integran.
La respuesta parece ser que no. Desde luego, el daño que se ha hecho a la candidatura de Evelyn Matthei es enorme, tan sólo por el hecho de haber quedado en el fuego cruzado y haber perdido tiempo precioso y escaso para posicionarse. Además, se ha herido, confundido y desmotivado a una parte no despreciable de los adherentes del sector, en la hora más inoportuna: en las elecciones con voto voluntario, los votos “duros” son más incidentes y es clave que concurran a votar.
Pero sobre todo, por la errada percepción que implica pensar que ese activo que es la centroderecha, que se pudiera graficar en un 40% de apoyo estable en las urnas, puede pasar incólume, después de ser depurado del supuesto lastre del gobierno militar, a manos de sus nuevos gestores. Ello, porque ese proceso habrá acontecido en medio de una deslegitimación del sector, en buena parte autoinfligida, cuyos efectos no se podrán acotar a algunos de sus miembros, sino que se extenderán al modelo que encarna.
La gente suele no distinguir y la Concertación, maestra comunicacional y política, se encargará que no lo haga. Aquí no habrá un conjunto de ideas buenas gestionadas por malas personas que hay que dejar atrás, sino que un sistema que es hora de cambiar. No les será difícil, cuando el famoso modelo es herencia del gobierno militar y están cuestionadas sus bases. No otra cosa es agitar los ánimos contra el lucro, crítica que por ahora se circunscribe a la educación y la salud, pero que después se extenderá a otros campos, y cuando se acusa una alarmante desigualdad en todos los frentes; sin que ningún político salga al paso a explicar con convicción la realidad de las cosas y a desmitificar las afirmaciones que se hacen.
El riesgo de todo esto es que al final no quede ninguna derecha de la cual hacerse cargo. Creer que después de arruinarla será fácil reconstruirla evocando una buena gestión anterior, es olvidar la experiencia que vivió este gobierno: el argumento que hacemos mejor las cosas no bastó. Menos si no se tiene legitimidad para hacerlas.
Axel Buchheister.
VivaChile.org

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