sábado, septiembre 28, 2013

SONRISAS TRAIDORAS.



Alegres sonrisas cruzan esta mañana los pasillos de La Moneda. El Presidente ha conseguido lo que sus asesores consideran un gran triunfo sobre la oposición a quien ganó el “quien vive” al adelantárseles en la venganza contra los militares. Aquellos mismos que con su acción libertaria de 1973 le dieron la oportunidad de hacer la fortuna que hoy posee. Se suma este acto presidencial a una serie de otros gestos del gobierno de la Alianza que no tienen parangón en los de la propia Concertación de Partidos por la Democracia, cuya actitud hacia los militares nunca pasó más allá del apoyo económico y legal hacia las agrupaciones de familiares de detenidos – desaparecidos y otras similares.
Desde el comienzo de su mandato, el gobernante que en marzo próximo desalojará La Moneda hizo notar su incomodidad con el mundo militar, empezando por el gravísimo desaire a uno de los símbolos patrios más preciados, al descartar a última hora su asistencia al solemne acto de Juramento a la Bandera Nacional, cambiándolo por la concurrencia a un vulgar partido de fútbol, en México. Siguió a ello una serie de demostraciones de desprecio hacia las instituciones armadas que no han caído ni caerán en el olvido, al menos en las filas de quienes son sus reservas permanentes: aquellos cuya condición de retiro los libera de cualquier obligación no-deliberante o prohibición de participación en política.
Queda en evidencia que la inquina en contra de los institutos armados tiene raíces profundas en el mandatario actual, incluso mayores que las existentes en quienes debieron sufrir en carne propia las consecuencias de una fracasada aventura revolucionaria. No es fácil para un ego de esta naturaleza el haber conseguido liberarse de ser detenido por el delito de estafa gracias a la magnanimidad de la ministra de Justicia del Gobierno Militar, aquel que hoy califica de dictadura. Tampoco debe ser grato para una persona embebida de una autoestima tan sobredimensionada y desmentida por las lacerantes encuestas, el tener que aceptar que desde un cuartel militar se haya gestado la prueba de su iniquidad, cuando intentó destruir la imagen política de la misma mujer que hoy intenta salvar las ruinas de sus devaneos gubernamentales, ofreciendo su coraje e inteligencia al servicio de una derecha torpe y sin liderazgos de verdad.
Mientras la familia militar cumple largos años de una desgastante lucha, discreta y leal, con el propósito de conseguir que la nación chilena llegue a visualizar la real dimensión de la persecución asimétrica e injusta en contra de sus integrantes, el sector observa atónito la traición de quien en noviembre de 2009 prometía en el Círculo Español garantizar expresamente una justicia igualitaria para los militares, en especial en lo que a la aplicación de normas jurídicas ajenas a nuestra legalidad se refiere y al respeto de los principios jurídicos irrenunciables para cualquier ciudadano chileno, tales como la presunción de inocencia, la prescripción y la amnistía.
En un mes de septiembre donde la debilidad conceptual de un remedo de líder y su patética ambición de reconocimiento político han abierto la puerta al desahogo de los odios y de la revancha de quienes hicieron de la violencia su medio de lucha ideológica, vemos como una vez más la traición y la vileza oscurecen la paz de nuestro país. Las mismas que hace casi doscientos años viviera O´Higgins o Portales, reflejadas en actos innecesarios, inoportunos y de una cobardía tal que se nutre de la desgracia de unos pocos, a quienes se ha pretendido culpar por las responsabilidades ajenas, de innegable propiedad de los malos políticos de los años 60 y 70.
Si la soberbia que adorna a quien hoy ejerce el poder le permitiese escuchar voces ajenas, podría comprender que las victorias obtenidas a partir de una traición jamás terminan bien y que tácticas de victimización por adhesión −como la del supuesto riesgo de terminar siendo “detenidos desaparecidos” por un simple control de
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toque de queda− no suenan bien aunque se digan a través de la boca de una primera dama, en la que deterioran gravemente su natural y superior distinción.
Entretanto, queda en evidencia que tampoco el hecho de involucrarse en una demolición ha sido exactamente provechoso para la imagen presidencial, tal como quedó demostrado con el ridículo de nivel mundial que vivió en Puente Alto. Es dable esperar entonces que su entusiasta adhesión a esta “demolición” del mundo militar no le sea provechosa como espera y que su autocomplacencia termine transformada en una nueva frustración, propia de su incapacidad de generar simpatías por sí mismo
No hay cobardía mayor que tratar mal a los viejos o desconocer que un hombre de 85 años puede cometer errores comunicacionales. Desde luego, habría que investigar las razones ocultas para que Gendarmería de Chile haya autorizado la “oportuna” entrevista en el Penal Cordillera y si ello no obedeció a un montaje vulgar que tarde o temprano saldrá a la luz. En especial, sabiéndose que en Punta Peuco se había desocupado parte de uno de los pabellones desde hace al menos un mes, ¿en espera de que se le diera la oportunidad al presidente?.
Tampoco se puede dejar pasar la fuente de los correos electrónicos que alimentaron el fuego para la venganza y la traición. ¿Quién cuenta hoy en Chile con la potestad necesaria para interferir en las comunicaciones privadas de las personas? ¿No existe una Ley que penaliza la ejecución de éstas y el uso ilegal de la información resultante? ¿Será que tenemos de regreso la antigua “Policía Política” de Allende y los suyos? Si así fuese, estaríamos ante la posibilidad de vivir nuestro propio “caso Snowden”, algo que hasta ahora no parece preocupar ni a moros ni a cristianos, sin que alguien se de cuenta que es posible que mañana salgan a la luz nuevos correos privados, esta vez de los mismos que hoy aplauden la acción realizada en contra de los militares.
Finalmente, queda claro que en el último mes de septiembre la odiosidad no solo escaló a niveles impensados si no que se encuentra alcanzando la fase de la demolición final de los últimos reductos de resistencia física del mundo militar, donde se estira el elástico a niveles de alto riesgo, donde la razón cede posiciones a la pasión y la humillación extrema proveniente de la borrachera revanchista capaz de generar también reacciones fuera de los márgenes imaginables, tal como lo hiciera en 1973 con gran parte de los chilenos.
Los militares en retiro son hombres de paz, disciplinados y respetuosos de las leyes. Durante años han debido soportar la carga de las culpas ajenas, acosados por la bandera de conveniencia de los “derechos humanos”, principio activo y dinámico que es aplicado con fervor y pasión sólo cuando es beneficioso para actores de la izquierda universal, jamás para personas de otra corriente política. A pesar de ello, la estrategia del mal consigue impactar y conmover a una opinión pública cada vez menos alerta, relajada por un estado de bienestar creciente. Los militares seguirán pensando lo que piensan, amando a su Patria por encima de los traidores y desleales, sabiendo que –como en los fatídicos mil días de Allende− no hay mal que dure cien años, ni chileno que lo aguante.
Tarde lo que tarde y hagan lo que hagan, llegará el día en que la Justicia de verdad pasará la cuenta a quienes hoy la violan en nombre de los “derechos humanos” y los presos políticos militares recuperarán no sólo su libertad, si nó que también lograrán el reconocimiento mayoritario de quienes han conseguido un nivel de desarrollo imposible de imaginar si no hubiesen actuado los militares en 1973, al impedir la implantación en Chile de una nueva Cuba. Mientras tanto, seguirán soportando estoicamente la injusta prisión y la traición reiterada de falsos líderes de todo tipo, sin claudicar jamás ante el abandono de una sociedad ingrata y cobarde.

27 de Septiembre de 2013
Patricio Quilhot Palma

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