viernes, julio 26, 2013

OLVIDO SIN PERDÓN.



En lo que a mí concierne, considero que sería mucho mejor para todos los Partidos dejar el pasado a la historia, especialmente dado que tengo intenciones de ser yo quien la escriba” dijo el inigualable Winston Churchill. A riesgo de ser majadero, conviene repetir que la historia –y el juicio de histórico– no es de los vencedores ni de los vencidos, sino los que se dan el trabajo de escribir y enseñar.
Y tal como se escribe, la historia puede reescribirse y también borrarse, aunque esto sea un poco más difícil. Los antiguos tenían un nombre para esto: damnatio memoriae. Todo vestigio de una persona caída en desgracia debía ser borrado, para hacer como que esa persona nunca hubiese nacido. Por supuesto que esta práctica crea algunas lagunas que claman por una explicación.
Por no sólo los antiguos hacían esto, también en tiempos recientes se ha tratado a borrar el pasado. Josef Stalin era asiduo a esta práctica, que además está muy bien representada en la novela 1984, de George Orwell.
Algo parecido pasa en Chile. El último ejemplo es el cambio de nombre de la Avenida “11 de Septiembre” a “Nueva Providencia” en la capital. (No es que mucha gente se fije en los significados de los nombres de las calles; después de todo “Providencia” es un nombre religioso ­y teológico­ pero ningún ateo o averroísta latino ha reclamado.)
Es una aplicación sui generis de la consigna “ni perdón ni olvido”. Está clarísimo que a cuarenta años del 11 de septiembre de 1973 aún no hay perdón. Hace poco han querido procesar al general (r) Juan Emilio Cheyre, que ha sido el militar que más perdones ha pedido.
En cuanto al olvido, lo ocurrido en Chile entre 1964 y 1973 parece perderse en la bruma. Eso sí que está olvidado. Pareciera que la historia reciente de Chile, y la vida de algunos, empezara el 11 de septiembre de 1973. Así lo declaró en un diario nacional, explícitamente, un conocido intelectual de izquierda. Sólo desde esa fatídica fecha, que es como un gran efecto sin causa, comienza la memoria, que es una memoria a medias (me explicaba un historiador amigo mío que memoria no es historia). No sólo está prohibido recordar ciertos hechos del pasado sino que, además, lo que está permitido recordar sólo puede ser recordado de cierta manera, por eso el cambio de nombre de la avenida.
Gestos como este sólo reabren antiguas heridas, para dejar manifiesta la infección que sigue cultivándose debajo de la frágil cicatriz. Sería muy largo investigar por qué no hay perdón en Chile, pero puedo ofrecer tres consideraciones: el perdón es judeo-cristiano y la parte que se siente ofendida por cosas como una calle llamada “11 de Septiembre” (pero que no ve problemas en honrar a Fidel Castro) contiene en su núcleo elementos profundamente anti-cristianos. De ahí no vendrá el perdón, por muchos mea culpas que se hagan. Segundo, a pesar de que el 11 de septiembre de 1973 puso fin a los planes de un sector político, a cuarenta años de los hechos, quienes en su momento abrazaron la vía violenta al socialismo real no han renunciado completamente a sus metas, y es difícil arrepentirse de algo que se anhela. En tercer lugar, está la plata: los miles de falsos exonerados políticos, y casos similares de personas que lucran con esto, nos aseguran muchos años más de conflicto.
Federico García Larraín.
VivaChile.org

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